viernes, 24 de febrero de 2012

Vicente Luy

Acuden
prestos a sostener la red
Le cubren la mollera al río
Zarandean
Cierran la gran bolsa inconclusa
Riegan el muelle
con peces plateados
algunos todavía aletean
como tentando al imposible
otros le sonríen al sol
demasiado de frente

jueves, 24 de noviembre de 2011

El dolor. Es imposible contar el dolor. En principio, porque si se trata de un dolor puro, absoluto, como el que se apoderó de mí cuando vi que mi hija se iba, dejaba la casa llevada por la madre, y al llegar a la esquina se volvía y me saludaba, me decía adiós con la mano, como si aquello que estaba ocurriendo fuera un paseo más... en casos como ése, lo que puede hacerse es contar la escena, narrarla  mejor o peor, incorporar o eliminar detalles; pero la emoción no tiene nombre, carece de palabras. El lenguaje mismo no tiene objeto referencial, aunque exista un vínculo causal entre las palabras y aquello que parecen nombrar; y no lo tiene por dos motivos, el primero, porque las palabras inventan su sistema de relaciones, se autonomizan de la cosa a nombrar, se arman para gustarse a sí mismas, en su sintaxis (que es la moda de las palabras, su frivolidad); y además, porque aun si existiese la posibilidad de arribar a un extremo de realismo, una totalidad en la que relato y hecho coincidieran de tal manera que las palabras pudieran "dar cuenta" de lo ocurrido (no suplantarlo, sino duplicarlo en el universo de la percepción, tanto en tiempo del suceso, como en su estructura íntima, en su complejidad; incluso, si se pudiera abolir la evidencia de que la literatura es un arte de la sucesión y no de la simultaneidad, melodía y no armonía -aunque el sistema de referencias y alusiones pueden tramar la ilusión de una "estructura armónica"); si todo ello fuera posible, aun así, en el momento en que las palabras intentan transcribir los hechos de la manera más estricta y directa posible, despojándose de toda noción de gramática, siendo puro estilo mimetizado, incluso entonces no hacen sino determinarlos de cierta manera, desviarse del acontecimiento. Digamos: el principio de indeterminación de Heisenberg ("a cierto nivel físico, no existe campo de observación neutro: los instrumentos de registro y observación determinan la trayectoria de las moléculas observadas", o algo así). Es por eso que el registro de los hechos de mi dolor asume la apariencia de lo risible. Mi tragedia es ser un autor cómico por aberración de la forma.

De Derrumbe, Daniel Guebel.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Yo estaba a cargo de la operación.
Hacía dos días que teníamos al Capitán de Navío
en un departamento seguro del centro.
No había negociación posible con el enemigo,
el Capitán había sido condenado a muerte
por un tribunal popular.
Únicamente faltaba la directiva final de la conducción.
Llegó a la mañana.
Como dije antes, yo estaba a cargo de la operación
entonces tenía que ejecutar la orden personalmente.
Primero cantamos el Himno y la Marcha.
Como último deseo el detenido pidió
verse la cara en el espejo.
Un solo tiro en la nuca y estaba muerto.
Pero al darlo vuelta me dí cuenta
que no era el Capitán de Navío
sino uno de estos jóvenes narradores actuales
con uniforme de la Marina.
Lo reconocí
porque todavía tenía la misma sonrisa fija que aparece
en la solapa de una de sus más recientes nouvelles.
Aterrado, miré a los compañeros buscando una
explicación. En vez de un oficial
de las fuerzas armadas
habíamos matado a un joven narrador.
Ellos también enseguida se dieron cuenta del error
pero igual festejaban con los fusiles en alto,
por Julio Troxler, gritaban          presente
por Paco Urondo                         presente
por Felipe Vallese                       presente
por la 7 de Mayo                         Gamboa,
basta, este es un amanecer en Concordia,
Entre Ríos, 1991.


Extracto de Punctum, de Martín Gambarotta, un libro del que desde hace bastante quería subir algo, pero la elección se hacía difícil: Es un poemario impecable, entonces el sólo intento de recortarlo me llevaba a pensar en un grandes éxitos de Floyd. Al fin sentí que tenía que subir éste, pero podría haber sido cualquier otro. Hay que leerlo entero!

viernes, 12 de agosto de 2011

Datos: Mario Roberto Agustín Santucho era séptimo hijo varón; obedeciendo a ciertas creencias populares, sus padres lo hicieron bautizar dos veces, y en la segunda de ellas fue apadrinado por el presidente Justo. Datos: Inexplicablemente, el diario El Liberal, de Santiago del Estero, conmemoró entre sus efemérides, el 7 de enero de 1986, "el viaje de estudios de Mario Roberto Santucho y su esposa". Datos: Mientras estuvo preso, Santucho imponía una férrea disciplina a los otros guerrilleros; los instaba, por ejemplo, a leer la Fenomenología del Espíritu, de Hegel. Datos: Tras la fuga del penal de Rawson, Salvador Allende le hizo llegar a Santucho su pistola como prueba de solidaridad, aclarándole sin embargo que no compartía sus métodos. Datos: Poco tiempo después de nacer Santucho, la curandera del pueblo de su madre vio al recién nacido y dijo: "Ay, ay, niña, será como un rey, algo grande, que llegará lejos pero no llegará, y todos sufrirán porque el barro y la sangre, amasados en el azar de Dios, partirán su cabeza negrita". Datos: Según Daniel Bensaid, cuando Santucho estuvo en París durante mayo del '68, se las arregló para asombrar a miembros de la Liga Comunista Francesa: "Ustedes tienen un bajísimo nivel de violencia en las acciones de masas".
[...]
Seoane, a través de la biografía de Santucho, ha escrito un libro de historia: un excelente libro acerca de la historia argentina durante las últimas décadas. La impecable estructura narrativa de Todo o nada..., que se lee como una novela, ordena un cúmulo de datos cuya pesquisa debe haber constituido un trabajo agotador. Como buen libro de historia, sin embargo, el de Seoane no se limita a describir los hechos -si la descrípción lisa y llana es posible-, sino a explicarlos: Santucho no fue un delincuente común ni el producto de raras ideas foráneas. Fue un intelectual cuyo antepasado más antiguo peleó junto con Manuel Belgrano, un hombre que optó, equivocadamente, por ejercer de un modo violento la crítica de la violencia.
[...]


De "Hasta la victoria", un texto de C.E. Feiling compilado en Con toda intención.
(Las cursivas finales son mías.)

domingo, 26 de junio de 2011

Roger Wolfe

DYLAN THOMAS

Dylan Thomas
que se cortó el ojo con una rosa,
al que los periodistas preguntaban
si había leído a Villon,
el loco galés alucinado
con los bolsillos vacíos
y el alma de niño,
bebiendo para olvidar mundo y adultez.


EL VASO

Siéntate
a la mesa.
Bebe un vaso
de agua. Saborea
cada trago.
Y piensa
en todo el tiempo
que has perdido.
El que estás perdiendo.
El tiempo
que te queda por perder.


SOLO

Es como siempre
habías querido
estar
y no podías
hasta que
de repente
lo estás
y entonces
ya no quieres
estar solo
pero claro
quién no quiere
lo que no tiene.


VIVOS ACORDES

La joven violonchelista
de la orquesta
ase el mástil
de su instrumento
con una pulsátil intensidad
que sólo puedo describir como
masturbatoria...

En cuanto a la música,
la verdad es que no sabría qué decir.

SABIDURÍA

Una mujer
que pasa en bicicleta
a las dos de la mañana,
hermosas piernas morenas
bombeando los pedales
mientras la brisa le alza el vestido
y revela
un perfecto milagro
de carne femenina en movimiento.

Nuestros ojos
se cruzan un momento
y ya se ha ido.

Son cosas como ésa
las que te hacen darte cuenta
de lo poco que realmente sabes
de nada.

***

   Soñé que formaba parte de una banda de atracadores a la vieja usanza. Gente decente y con estilo.
   Ocupábamos una vieja casa residencial en una zona suburbana, en un lugar que parecía un cruce entre los Estados Unidos e Inglaterra.
   La casa era de planchas de madera pintadas de blanco.
   Fuera, en el patio ajardinado, teníamos un montón de cajas apiladas, cubiertas con amplias telas de lona y atadas con gruesas sogas pardas como las que se ven en los barcos de vela.
   Llegó la policía. Eran agentes de película muda, con uniformes y cascos como los de los Keystone Cops.
   Tuvimos que ahuecar el ala.
   Más adelante, yo corría por un callejón entre casas rodeadas de cercas de madera. Me paré ante el porche de una de ellas, cuya puerta de entrada estaba entreabierta.
   Subí la escalinata del porche y penetré en la vivienda.
   A un lado, en una minúscula habitación situada a la izquierda del pasillo que atravesaba la planta baja, encontré un tocador con un pequeño espejo ovalado encima. En el tocador ardía una vela de cera roja.
   Dibujos, fotos en blanco y negro y en color y reproducciones de cuadros arrancadas de revistas ilustradas cubrían la pared, colgados de chinchetas.
   Sonaban canciones. Canciones divinas, de un pathos lacerante y angelical.
   Me senté en una vieja mecedora y me lié un cigarrillo.
   El sol se filtraba mansamente por las cortinas.
   Sabía que la policía no tardaría en llegar. Sabía que sabían dónde estaba, y que no era cuestión más que de tiempo.
   Me mecí en la silla, mientras apuraba el cigarrillo, y esperé.