jueves, 7 de febrero de 2013

Informe sobre la muerte de un camarada

Cuando caminó hacia el paredón para ser fusilado
iba hacia un paredón levantado por sus iguales.
Y los fusiles que apuntaban a su pecho y las balas
habían sido hechos por hombres como él. Que no estaban
presentes en la labor de sus manos. Ni siquiera los encargados
de disparar sobre él eran distintos a él, y no por siempre cerrados
a la comprensión.
Por supuesto que además iba esposado con cadenas, forjadas
por camaradas y colocadas al camarada. Más densas
se hacían las fábricas, desde el sendero al paredón.
Él las iba viendo, chimenea tras chimenea, y por ser de madrugada
-es de madrugada cuando los llevan por lo general-
estaban vacías, pero él las veía llenas
de aquel ejército que no había dejado de crecer constantemente
y aún seguía creciendo.
A él, sin embargo, ahora lo llevaban al paredón sus iguales,
y él, que lo comprendía, no podía comprender.

Bertolt Brecht

jueves, 6 de diciembre de 2012

Kafka

"Antes yo no comprendía por qué no recibía ninguna respuesta a mis preguntas; hoy no comprendo cómo podía creer que podía preguntar. Pero yo no creía en absoluto, solamente preguntaba."

martes, 31 de julio de 2012

El estilo es el árbol. Hemos echado raíces en la tierra y con la frente golpeamos las nubes, y el viento nos sacude alegremente porque somos flexibles, nuestras ramas lo cubren todo, se abren inmensas y abarcan los espacios estelares, el tronco crece, no hay dispersión, somos unitarios pero ramificados; henchidos de riqueza, vomitamos fermento y embrión, somos origen, nacen el oro y el alimento en nuestros follajes aéreos pero estamos cada vez más prendidos a la tierra y sin embargo subimos, ascendemos por la diáfana superficie etérea, el aire es nuestra libertad, buscamos la armonía con Dios y Él nos quiere crecidos, y así nos desarrollamos con movimientos plásticos, sacudimos nuestras hojas, nos inclinamos con las ráfagas, pero todo es para abundar y desbordar en el vacío sonoro donde reinan la luz y la paz, mientras seguimos engendrando vida y nuestros límites son ya incalculables y nuestras ramas evaporadas; es la voluptuosidad sin límites, el gozo supremo. Somo absolutamente libres porque somos el árbol cósmico.

De El camino de los hiperbóreos, Héctor Libertella.

domingo, 24 de junio de 2012

Un profesor mío que me caía bien decía que la buena narrativa debía reconfortar a quien está alterado y alterar a quien se siente cómodo. Supongo que gran parte del objetivo de la narrativa seria es dar al lector, quien como todos nosotros está en cierto modo aislado en su propio cerebro, acceso imaginativo a otros yos. Dado que una parte ineluctable de ser un yo humano consiste en sufrir, los humanos nos acercamos al arte en parte para tener la experiencia del sufrimiento, una experiencia necesariamente mediatizada, más bien una especie de “generalización” del sufrimiento. ¿Esto tiene sentido? Todos sufrimos a solas en el mundo real; la verdadera empatía es imposible. Pero, si una obra de ficción nos permite identificarnos en la imaginación con el dolor de un personaje, puede ser que también nos sea más fácil concebir que otros se identifiquen con el nuestro. Eso es algo enriquecedor, redentor; interiormente nos sentimos menos solos. Podría ser así de sencillo. Pero ahora pensemos que el arte de la televisión y el cine popular y la mayoría de las formas de arte “inferior” –que no es más que el arte cuyo principal objetivo es ganar dinero- es lucrativo precisamente porque reconoce que el público prefiere un ciento por ciento de placer antes que la realidad, que tiende a ser un 49 por ciento de placer y un 51 por ciento de dolor. En cambio, el arte “serio”, cuya principal finalidad no es sacarte el dinero, es más propenso a incomodarte u obligarte a hacer un esfuerzo para acceder a sus placeres, igual que en la vida real el verdadero placer suele ser fruto del esfuerzo y la incomodidad. Así pues, el gran público, sobre todo el público joven educado para esperar que el arte sea ciento por ciento placentero y que el placer no suponga el menor esfuerzo, le resulta difícil leer y apreciar la narrativa seria. Y eso no es bueno. El problema no es que el lector actual sea tonto, yo no lo veo así. Lo que pasa es que la cultura del arte comercial y la televisión lo ha formado para albergar expectativas perezosas e infantiles. Y eso significa que captar a los lectores actuales, tanto imaginativa como intelectualmente, implica una dificultad sin precedentes.

Palabras de David Foster Wallace, en una entrevista. 1993.