viernes, 9 de febrero de 2018

Total cero

1

La muerte no respeta ni a los humoristas de buena ley
para ella todos los chistes son malos
a pesar de ser ella en persona
quien nos enseña el arte de reír
tomemos el caso de Aristófanes
arrodillado sobre sus propias rodillas
riéndose como un energúmeno en las propias barbas de la Parca:
en mi poder hubiese economizado vida tan preciosa
pero la Muerte que no respeta Fulanos
irá a respetar Sutanos, Menganos o Perenganos?
2
Mientras escribo la palabra mientras
y los diarios anuncian el suicidio de Pablo de Rokha
vale decir el homicidio de Carlos Díaz Loyola
perpetrado por su propio hermano de leche
en Valladolid 106
-un balazo en la boca
con un Smith & Wesson calibre 44,
mientras escribo la palabra mientras
aunque parezca un poquito grandilocuente
pienso muerto de rabia
así pasa la gloria del mundo
sin pena
              sin gloria
                             sin mundo
sin un miserable sandwich de mortadela.
3
Actuamos como ratas
en circunstancias de que somos dioses
bastaría con abrir un poco las alas
y pareceríamos seres humanos
pero preferimos andar a la rastra
-véase el caso del pobre Droguett-
Al parecer no tenemos remedio
Fuimos engendrados y paridos por tigres
Pero nos comportamos como gatos.

Nicanor Parra, de Obra gruesa (1969)

martes, 30 de mayo de 2017

La interrogación que Rest propone a la literatura es siempre de naturaleza filosófica. Apunta fundamentalmente a subrayar el modo en que los textos llamados literarios se relacionan con el imaginario de una época y a descubrir los modos en que la literatura traiciona, discute o concensua con el régimen de verdad en que ella misma adquiere el valor de acontecimiento.

Maximiliano Crespi, "De Sur a Crisis. Cuatro hipótesis sobre Jaime Rest". En Rest, Jaime (2010), Ensayos sobre cultura y literatura nacional. Bahía Blanca: 17grises editora.

jueves, 11 de septiembre de 2014

El viaje

I

Para el niño, enamorado de láminas y mapas,
el universo es igual que su hambre ilimitada.
¡Ah, qué grande es el mundo a la luz de la lámpara!
¡Y qué pequeño el mundo para los ojos de la memoria!

Una mañana partimos, la cabeza en llamas,
el corazón hinchado de rencor y amargos deseos,
y vamos, al ritmo de las olas,
meciendo nuestro infinito sobre lo finito de los mares:

unos, felices de huir de una patria infame;
otros, del horror de sus cunas, y otros,
astrólogos ahogados en los ojos de una mujer,
la tiránica Circe de perfumes peligrosos.

Para no ser convertidos en animales, se embriagan
de espacio, de luz y de cielos encendidos;
el hielo que los muerde, y el sol que los quema,
borran lentamente la marca de los besos.

Pero los verdaderos viajeros sólo parten
por partir; corazones livianos, como globos,
jamás escapan de su fatalidad,
y, sin saber por qué, siempre dicen: ¡Vamos!

Aquellos para quienes el deseo tiene forma de nube,
y que sueñan, como el soldado sueña el cañón,
con inmensos placeres, cambiantes, desconocidos,
¡de los que el espíritu humano nunca supo el nombre!

II

Imitamos, ¡horror!, el trompo y la pelota
en su baile y sus saltos; hasta en sueños
la Curiosidad nos atormenta y mueve,
como un Ángel cruel que azota los soles.

Singular fortuna donde se desplazan los fines,
que no están en ningún lado, ¡y pueden estar en cualquiera!;
en la que el hombre no deja nunca la esperanza,
y para encontrar descanso corre siempre como un loco.

El alma nuestra es un velero que busca su Icaria;
una voz resuena en el puente: “¡Abre los ojos!”,
una voz, ardiente y loca, grita desde la vela:
“¡Amor… gloria… felicidad!” ¡Infierno!, ¡es una roca!

Cada islote señalado por el vigía
es un Eldorado prometido por el Destino;
la Imaginación que prepara su orgía
sólo encuentra arrecifes en la claridad de la mañana.

¡Oh, pobre el enamorado de países quiméricos!
¿Habrá que encadenar, habrá que tirar al mar
a este marino ebrio, inventor de Américas,
donde la ilusión vuelve más amargo el abismo?

Así, el viejo vagabundo, revolcado en el barro,
sueña, la frente alta, con brillantes paraísos;
sus ojos embrujados descubren una Capua
ahí donde la antorcha no alumbra más que un tugurio.

III

¡Asombrosos viajeros! ¡qué nobles historias
leemos en sus ojos profundos como mares!
Muéstrennos el estuche de sus ricos recuerdos,
esas joyas maravillosas, hechas de éter y astros.

¡Queremos viajar sin vapor, sin velas!
Para alegrar el tedio de nuestras cárceles,
traigan a nuestro espíritu tenso como una tela
los recuerdos rodeados de horizontes.

Digan, ¿qué vieron?

IV

“Vimos astros
y olas; y también vimos arena;
y, a pesar de choques e imprevistos desastres,
nos aburrimos mucho, como aquí.

La gloria del sol sobre el mar violáceo,
la gloria de las ciudades en el sol poniente,
encendían en nuestro corazón un ansia quemante
de hundirnos en cielos de reflejos engañosos.

Las más ricas ciudades, los más grandes paisajes,
nunca tenían la misteriosa atracción
de lo que el azar hace con las nubes.
¡Y siempre el deseo seguía inquietándonos!

–El goce aumenta la fuerza del deseo.
Deseo, viejo árbol abonado por el placer,
mientras engorda tu corteza y se endurece,
¡tus ramas quieren ver el sol más de cerca!

¿Vas a crecer siempre, gran árbol más potente
que el ciprés? –Sin embargo, hicimos cuidadosos
dibujos pensando en el álbum voraz de ustedes,
¡hermanos que encuentran bello todo lo de lejos!

¡Saludamos ídolos que engañan,
tronos recubiertos de joyas luminosas,
palacios labrados cuyo mágico esplendor
sería para nuestros banqueros un sueño de ruinas;

vestidos que embriagan los ojos,
mujeres con uñas y dientes pintados
y sabios cantores acariciados por serpientes.”

V

¿Y qué más, qué más?


VI


“¡Oh mentes infantiles!
Para no olvidar la cosa capital,
vimos, en todas partes, sin buscarlo,
de lo más alto a lo más bajo de la escala fatal,
el espectáculo tedioso del inmortal pecado:

la mujer, esclava indigna, orgullosa y estúpida,
que desconoce la risa y se adora y se ama sin asco;
el hombre, dictador goloso, libertino duro y ávido,
esclavo de la esclava, y torrente de cloacas;

el verdugo que goza, el mártir que llora,
la fiesta que condimenta y perfuma la sangre;
el veneno del poder que excita al déspota,
y el pueblo enamorado del látigo que embrutece;

muchas religiones parecidas a la nuestra,
todas subiendo al cielo; la Santidad,
que busca placeres entre clavos y espinas
como un delicado revolcándose en cama de plumas;

y la Humanidad que parlotea, ebria en su genio,
enloquecida ahora como siempre antes
y gritándole a Dios, en su furiosa agonía:
“¡Oh mi semejante, mi señor, yo te maldigo!”

Y los menos imbéciles, intrépidos amantes de la Demencia,
que huyen del gran rebaño acorralado por el Destino,
¡y se refugian en el inmenso opio!
–Este es el informe eterno de todo el planeta.”

VII


¡Amargo saber que se trae del viaje!
El mundo de hoy, monótono y pequeño,
de ayer, mañana y siempre nos devuelve nuestra imagen:
¡Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento!

¿Hay que partir?, ¿quedarse? Si puedes, quédate;
parte si es necesario. Uno corre, el otro se esconde
para engañar al enemigo funesto que vigila.
¡El Tiempo! Están, ¡ay!, los que corren sin respiro,

como el Judío errante, como los apóstoles,
no les basta ni el barco ni el vagón
para huir del gladiador infame; hay otros
que saben matarlo sin salir de la cuna.

Cuando al fin nos pise la espalda
podremos esperar y gritar: ¡Adelante!
Lo mismo que antes fuimos a China,
ojos fijos en la inmensidad, cabello al viento,

vamos a embarcarnos en el mar de las Tinieblas
con el corazón feliz de un joven pasajero.
Escuchen esas voces encantadoras y fúnebres,
que cantan: “¡Por aquí, los que quieren comer

el Loto perfumado!, es acá donde se cosechan
los frutos milagrosos de los que el corazón tiene hambre;
¡vengan a emborracharse con la extraña dulzura
de esta siesta que no termina jamás!”

En el acento familiar adivinamos el espectro;
nuestros Pílades,allá lejos, ofrecen sus brazos.
“¡Para refrescar tu corazón nada hacia tu Electra!”,
dice la que hace mucho tiempo besamos en las rodillas.

VIII

¡Oh Muerte, vieja capitana, llegó la hora! ¡Levemos ancla!
Este país nos aburre, ¡Oh Muerte! ¡Preparémonos!
Si el cielo y el mar son negros como la tinta,
nuestro corazón, tú lo conoces, está lleno de luz!

Derrámanos tu veneno para que nos reconforte,
queremos ir, tanto nos quema ese fuego la cabeza,
al fondo del abismo, ¡Cielo o Infierno!, ¿qué importa?,
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!

Charles Baudelaire

o, diría El Príncipe, Bau del aire