viernes, 15 de octubre de 2010

-Bueno -dije-. ¿Empezamos la entrevista?
Fuimos a un bar del puerto, entre la lonja y el rompeolas, y nos sentamos junto a un ventanal desde el que se divisaba, a través del aire dorado y frío de la mañana, majestuosamente cruzado de gaviotas, toda la bahía de Blanes, con la dársena en primer plano, poblada de ociosas barcas de pesca, y al fondo el promontorio de La Palomera, que señala la frontera geográfica de la Costa Brava. Bolaño pidió té y tostadas; yo pedí café y agua. Conversamos. Bolaño me contó que ahora las cosas le iban bien, porque sus libros empezaban a darle dinero, pero que durante los últimos veinte años había sido más pobre que una rata. Había dejado de estudiar casi de niño; había desempeñado todo tipo de oficios ocasionales (aunque, aparte de escribir, nunca había tenido un trabajo serio); había hecho la revolución en el Chile de Allende y en el de Pinochet había estado en la cárcel; había vivido en México y en Francia; había viajado por todo el mundo. Años atrás había padecido una operación muy complicada, y desde entonces vivía en Blanes como un asceta, sin otro vicio que escribir y sin ver a nadie salvo a su familia. Casualmente, el día en que entrevisté a Bolaño el general Pinochet acababa de regresar a Chile, aclamado como un héroe por sus partidarios, después de haberse pasado dos años en Londres a la espera de ser extraditado a España y juzgado por sus crímenes. Hablamos del regreso de Pinochet, de la dictadura de Pinochet, de Chile. Como es natural, le pregunté cómo había vivido la caída de Allende y el golpe de Pinochet. Como es natural, me miró con cara de infinito aburrimiento; luego dijo:
-Como una película de los hermanos Marx, sólo que con muertos. Aquello fue un desbarajuste fabuloso. -Sopló un poco el té, bebió un sorbo y volvío a dejar la taza sobre el plato-. Mira, te voy a decir la verdad. Durante años me cagué cada vez que pude en Allende, pensaba que la culpa de todo era suya, por no entregarnos las armas. Ahora me cago en mí por haber dicho eso de Allende. Joder, el cabrón pensaba en nosotros como fuéramos sus hijos, ¿entiendes? No quería que nos mataran. Y si llega a entregarnos las armas hubiéramos muerto como chinches. En fin -concluyó, tomando otra vez la taza-, supongo que Allende fue un héroe.
-¿Y qué es un héroe?
La pregunta pareció sorprenderle, como si nunca se la hubiese hecho, o como si se la hubiera estado haciendo desde siempre; con la taza en el aire, me miró fugazmente a los ojos, volvió la vista hacia la bahía, por un momento reflexionó; luego se encogió de hombros.
-No lo sé -dijo-. Alguien que se cree un héroe y acierta. O alguien que tiene el coraje y el instinto de la virtud, y por eso no se equivoca nunca, o por lo menos no se equivoca en el único momento en que importa no equivocarse, y por lo tanto no puede no ser un héroe. O quien entiende, que el héroe no es el que mata, sino el que no mata o se deja matar. No lo sé. ¿Qué es un héroe para ti?
Para entonces ya hacía casi un mes que yo no pensaba en Soldados de Salamina, pero en aquel momento no pude evitar el recuerdo de Sánchez Mazas, que no mató nunca y que en algún momento, antes de que la realidad le demostrara que carecía del coraje y del instinto de la virtud, acaso se creyó un héroe. Dije:
-No lo sé. John Le Carre dice que hay que tener temple de héroe para ser una persona decente.
-Sí, pero una persona decente no es lo mismo que un héroe -replicó en el acto Bolaño-. Personas decentes hay muchas: son las que saben decir no a tiempo; héroes, en cambio, hay muy pocos. En realidad, yo creo que en el comportamiento de un héroe hay casi siempre algo ciego, irracional, instintivo, algo que está en su naturaleza y a lo que no puede escapar. Además, se puede ser una persona decente toda una vida, pero no se puede ser sublime sin interrupción, y por eso el héroe sólo lo es excepcionalmente, en un momento o, a lo sumo, en una temporada de locura o inspiración. Ahí está Allende, hablando por Radio Magallanes, tumbado en el suelo en un rincón de La Moneda, con la metralleta en una mano y el micrófono en la otra, hablando como si estuviera borracho o como si ya estuviera muerto, sin saber muy bien lo que dice y diciendo las palabras más limpias y más nobles que yo he escuchado nunca... Ahora me acuerdo de otra historia. Ocurrió en Madrid hace tiempo, yo la leí en la prensa. Un muchacho andaba por una calle del centro y de pronto vio una casa envuelta en llamas. Sin encomendarse a nadie entró en la casa y sacó en brazos a una mujer. Volvió a entrar y esta vez sacó a un hombre. Luego entró otra vez y sacó a otra mujer. A estas alturas del incendio ya ni siquiera los bomberos se atrevían a entrar en la casa, era un suicidio; pero el muchacho debía de saber que todavía quedaba alguien adentro, porque entró de nuevo. Y, claro, ya no volvió a salir. -Bolaño se detuvo, con el dedo índice se subió las gafas hasta que la montura rozó las cejas-. Brutal, ¿no? Bueno, pues yo no estoy seguro de que ese muchacho actuase movido por la compasión, o por vete a saber qué buen sentimiento; yo creo que actuaba por una especie de instinto, un instinto ciego que lo superaba, que podía más que él, que obraba por él. Lo más probable es que ese muchacho fuera una persona decente, no que digo que no; pero puede no haberlo sido. Chucha, Javier, ni falta que le hacía: el cabrón era un héroe.
(...)
Como nada irrita tanto a un escritor que no escribe como que le pregunten por lo que está escribiendo, un poco molesto contesté:
-No. -Y, porque pensé que, como para todo el mundo, para Bolaño escribir en los períódicos no es escribir, añadí-: Ya no escribo novelas. -Pensé en Conchi y dije-: He descubierto que no tengo imaginación.
-Para escribir novelas no hace falta imaginación -dijo Bolaño-. Sólo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos.
-Entonces yo me he quedado sin recuerdos. -Tratando de ser ingenioso expliqué-: Ahora soy un periodista; o sea: un hombre de acción.
-Pues es una lástima -dijo Bolaño-. Un hombre de acción es un escritor frustrado. Si don Quijote hubiera escrito un solo libro de caballería nunca hubiera sido don Quijote, y si yo no hubiese aprendido a escribir ahora estaría pegando tiros con las FARC. Además, un escritor de verdad nunca deja de ser escritor. Aunque no escriba.
-¿Qué te hace pensar que yo soy un escritor de verdad?
-Escribiste dos libros de verdad.
-Juvenalia.
-¿El periódico no cuenta?
-Cuenta. Pero ahí no escribo por placer: sólo para ganarme la vida. Además, no es lo mismo un periodista que un escritor.
- En eso tienes razón -concedió-. Un buen periodista es siempre un buen escritor, pero un buen escritor casi nunca es un buen periodista.
Me reí.
-Brillante, pero falso -dije.

En Soldados de Salamina, de Javier Cercas

sábado, 2 de octubre de 2010

Ese mismo


Dados


Como el que en el café
hace girar con furia
los dados
en lo oscuro del cubilete

para juntar coraje
contra la contra de la suerte.

Como el que concentra
todo su esfuerzo
allí en lo alto
haciendo rugir los dados
en lo oscuro
para juntar coraje
contra la contra de la suerte.

Como el que desde lo alto
va a descargar
los dados
y vocifera con furia

para juntar coraje
contra la contra de la suerte.

Como el que con todas
sus fuerzas
agita los dados en lo alto
y desde allí
descarga con furia
en la mesa
el cubilete

como ése
como ése

para juntar coraje
contra la contra de la suerte.


Bíblica

Como el que vio una vez
al hombre
que vende la biblia
y escuchó su palabra
en un café cualquiera

-En verdad, en verdad os digo

Como el que apoyado en su mesa
cuando está
mirando al vacío
es interrumpido
por la palabra de ese hombre

-En verdad, en verdad os digo

Como el que escucha
aturdido
hablar de revelación
entre ruido de pocillos
envuelto en humo

-En verdad, en verdad os digo

Como el que luego
aparta
su rostro de ese hombre
y vuelve a mirar
fijamente el vacío

-En verdad, en verdad os digo

Como el que queda así
después
apoyado en su mesa
mientras su mente mezcla
la Palabra con el precio
y el Espíritu con la encuadernación

como ése
como ése

-En verdad, en verdad os digo.


Hablando solo

Como el que va hablando
solo
por la calle
tratando de entenderse

la ciudad es su hospicio.

Como el que está
confesando
su angustia a otro
y ese otro
es él mismo
andando por la calle.

la ciudad es su hospicio.

Como el que sin saberlo
va caminando
entre la gente
y le hace extraños gestos
a ese otro
que es él mismo

la ciudad es su hospicio.

Como el que va de una esquina
a la otra
camina y habla solo
porque trata de entenderse
con ese otro
que es él mismo

como ése
como ése

la ciudad es su hospicio.


Leyendo el diario

Como el que un día
leyendo el diario
se sorprende
en la Sección Extraviados

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que ve esa foto
de su rostro
allí
y reconoce su rostro
pero no se identifica

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que lee
sus datos de identidad
allí
debajo de la foto
de su rostro
y se identifica
pero no se reconoce

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que intenta
hacer memoria
y toca su cuerpo y se dice
soy éste, estoy aquí
y comienza a buscarse
y no se encuentra

como ése
como ése

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.


El plan

Como el que identifica
a la ciudad
como su propio
trágico destino

crimen y demencia.

Como el que ha
descendido cada día
a la ciudad
con sus planes ocultos

crimen y demencia.

Como el que adivina
en la ciudad
un trágico plan
oculto
donde se cumple
su destino

como ése
como ése

crimen y demencia.


Un violador frustrado

Como el que alguna vez
soñó poseer a la ciudad
y anduvo tanto
por sus calles

y la ciudad estaba allí y en todas partes
y esa presencia era una ausencia.

Como el que tanto caminó
las calles de la ciudad
buscando poseerla
y la ciudad estaba allí y en todas partes
y esa presencia era una ausencia.

Como el que en un tiempo
creyó poder
poseer
a la ciudad
atraparla
en algún lugar secreto

como ése
como ése

y la ciudad estaba allí y en todas partes
y esa presencia era una ausencia.


Peldaños

Como el que jadeante
en la ciudad de su deseo
subió escaleras
y bajó escaleras

hasta que todos los peldaños
huyeron bajo sus pies.

Como el que subió y bajó
las escaleras
del deseo
en la ciudad de su deseo
jadeante

hasta que todos los peldaños
huyeron bajo sus pies.

Como el que
en la ciudad de su deseo -jadeante-
buscó saciar
el deseo
que velozmente trepaba
dentro de él
y descendía dentro de él
velozmente
y subió escaleras
y bajó escaleras

como ése
comó ése

hasta que todos los peldaños
huyeron bajo sus pies.


La fuga

Como el que siente
a la ciudad
como a una prisión del deseo
y busca frenético
liberarse
disparado

y lo han visto en desenfrenada
carrera por las calles.

Como el que busca
liberarse
disparado en su frenético deseo
en la ciudad
prisión del deseo

y lo han visto en desenfrenada
carrera por las calles.

Como el que
disparado
en la ciudad prisión de su deseo
busca frenético
liberarse

como ése
como ése

y lo han visto en desenfrenada
carrera por las calles.


Leónidas Lamborghini, en El solicitante descolocado.

jueves, 29 de julio de 2010

"Sé que no he escrito una sola página que me atreva a publicar que no proceda del dictado de una voz. [...] No he escrito nada que merezca atención sin haber estado sintiendo en el curso de su copia al dictado alguna emoción del orden de la hostilidad, el rencor, la rabia, el odio, la envidia y la indignación: formas confusas del conflicto social que anuncian algo muy vago. A veces me creo a un paso de comprenderlo y fracaso. Ahora pienso que no dejaré de escribir hasta saber que he dado cuenta de ello."

Fogwill

domingo, 25 de julio de 2010

"¿Quién de nosotros no ha soñado en días de ambición con el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo ni rima, suficientemente dócil y nerviosa como parar poder adaptarse a los movimientos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia? De la frecuentación de la ciudades, del crecimiento de sus imnumerables relaciones nace sobre todo este ideal obsesionante."

Walter Benjamin

domingo, 13 de junio de 2010

Mientras me lavo la cara

Darío, parado, grita y gesticula.
Bajo una frazada marrón,
Daniel se ríe y habla de sus novias.
Están borrachos y los que gritan en la cocina,
como diputados, también.
Mi vieja, resucitada,
golpea las ventanas, pidiendo entrar.
Al amanecer, bajo una claridad despiadada;
cigarrillos, libros desperdigados,
platos con comida.
Camino, despacio, hasta el baño;
sé que la desgracia está sobre nosotros,
no ahora, tampoco el año próximo,
todavía somos jóvenes, pero eso
se pierde enseguida.
No tenemos nada, pienso,
mientras me lavo la cara,
ni un oficio, ni una herencia,
ni una casa de sólida piedra.

Fabián Casas, en El Salmón.

miércoles, 2 de junio de 2010

Del Hijo

Le acabé adentro.

Por bronca
por impotencia
por resentimiento,
dentro
bien adentro,
por amor
por lo que nos hicimos
y lo que nos debemos,
porque no pudimos
dejar de querernos.

Porque estoy vencido.

Por nuestro pasado.

Porque soy un filo
que está sin cuchillo,
porque soy el nudo,
la estaca y el grito.

Le acabé adentro
porque quiero un hijo,
porque la quiero
y porque no la quiero
y porque estoy cansado
y me siento viejo.

Por eso, y por cosas
que olvidar prefiero,
le acabé adentro.

Porque cuando pienso
en mi viejo lloro,
porque cuando pienso
en mi vieja lloro,
porque extrañaba
mi carne en su carne,
y porque estoy solo
y por las mil noches
que antes de acabar
suplicaba
que le acabara dentro.

Por hijo de puta.
Porque cuando pude,
pudo y quería,
llenarse de mí,
elevar su vientre
a la categoría
de los nueve meses,
me negaba siempre.

Porque al proponer
las demoliciones,
nunca me pensé
solo y demolido.

Porque no la olvido,
porque hubiera sido
diamante perfecto
muy bien escondido
dentro de la piedra
su hijo y mi hijo,
porque estoy buscando
demorar mi muerte,
porque las palabras
ya no me contienen,
porque quiero verme
en ese que viene,
porque ya no quiero
soñarme
de niño y anciano
que se encuentran siempre
y nunca - nada - dicen,
porque cuando hablamos
de llegar a viejos
ella estaba sola
y yo estaba muerto.

Porque hubiera sido
algo hermoso y bueno
que una parte suya
me acompañe siempre.

Bien adentro y mucho,
como una sucesión
de puñales secos.

Porque estoy enfermo
del mundo y su fuego
que me cuece lento
el amor y el odio,
y este pensamiento
que lame mi semen,
mi calva y mis huesos:
¿ cómo hubiera sido su hijo y mi hijo ?

¿ cómo hubiera sido ?

Lucas Tejerina

domingo, 23 de mayo de 2010

PRÓLOGO DEL TRADUCIDO

Todas mis amigas viven en otros mundos,
y ninguna en el mío o en el de otra.
Asi que
perdoname, mi amor,
pero esta noche
no puedo diseñar ninguna ONG
para girar el foco hacia
algún rincón devastado de la humanidad,
ni te acompañaré a la cena
del Partido -aun cuando hubiera adorado
socializar con ejemplares vivos
del trotskismo.
Porque están los otros mundos de mis amigas,
y hay noches en que no sé
qué hacer con todo eso, hay noches,
creeme, en que no sé
qué hacer con tanto.
Espero que lo entiendas: nadie tiene
un bolsillo tan grande
como para llevar consigo
tantos mundos a una cena
a la que de todos modos no fueron invitados.
Por eso esta noche
los desparramaré sobre mi cama
y los echaré al aire
y me bañaré con ellos como
las monedas del tesoro de un
millonario demente, y los perderé de a ratos
entre mis uñas no cortadas por años,
y los dejaré
caer sobre mi pecho desnudo
como el oro asesino de una lluvia
incandescente, y en el exacto momento
en que vos estés levantando una copa para
repetir que todo es ilusorio menos
el poder mientras un compañero desde
atrás mete su mano bajo tu pollera, yo
abré caído exhausto en el sueño,
con la cabeza colgando a los pies
de la cama, para que
los mundos de mis amigas
comiencen a traducirme.

En Las otras. Historias del misógino que amaba a todas las mujeres, Nestor Barrón.

*dedicado a mi hermanito Lozano.